Una mañana te despiertas, hueles el pelo que encuentras entre las sábanas, con el pretexto de una cena para tres, vuelcas un jarro de agua fría sobre ti y, al asomarte a la ventana, te es imposible apartar la mirada de una bolsa. Una bolsa que parece que baila contigo. Como un niño pidiéndote jugar...El aire, que parece eléctrico, parece tener la fuerza de una agridulce sinfonía de escupitajos, la cual se cuela por la ventana de tu mente como si fuera tu cruciatus personal.
Recetas de folk de caramelo, camisetas a cuadros curvos y gritos rojos, junto con poetas aliados al lado, ayudan a darte cuenta de que, el libro de recetas arquitectónicas que te regaló el gordo colchonero, lo tenías ya repetido y que, por mucho que te recomienden un zapato, un gorro siempre irá mejor para la tormenta.
Disculpe, está usted en un error...
¿Quieres saber cómo termina? Ve y pregúntale al lechero.

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