La próxima vez que mires los posos de café tratando de ver al niño Jesús, lo único que alcanzarás a ver será a mi atornillando los auriculares que aquella vez compré con el dinero que tenía para hartarme de golosinas a la salida de la academia de adiestramiento de hurones, mientras veo un apasionante partido de croquet entre Amy Tan y Dulce Ma en la ladera del Monte Sinaí que estarán echando por la 2.
Mientras tanto, aquellos boliches azules que cayeron por las escaleras de caracol, estarán sentados en la arena seca sobre un pedazo de tela de cualquier marca de protector solar factor 210 que haya comprado mamáboliche en uno de esos ultramarinos regentados por un hombre bajito y amarillo de padre congoleño y madre birmana, esperando a que sea posible ponerse los vaqueros para secar la alfombra mágica que les hacía galopar el mar para volver a la ratonera de la que, como algunas retorcidas y agradables mentes, piensan que nunca debieron salir.
martes, 20 de octubre de 2009
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