lunes, 15 de marzo de 2010

"Ronda de chupitos de aguardiente en el sol. Invito yo"

Me quema un deseo casi incontrolable de batir las patas de crujipollo con una velocidad tal que el pestañear del ojo derecho de una de las alas de un colibrí no pueda ni detener ni entorpecer el inevitable salto por encima de esa papelera que se erige ante mí.
Alzo el vuelo, encojo las piernas fundiéndolas en un cálido abrazo con mi pecho, miro hacia las puntas de mis moras y veo el obstáculo huir bajo ellas.

La caja de desechos se suma ya a la valla que dejé tras de mí hace unos escasos 10 metros. Cotinúo mi periplo de andanzas callejeras de hoy apoyándome en una señal que anuncia niños recién salidos de la tortura diaria en el calabozo para coger impulso hacia ese semáforo que, a tan perfecta altura, parece ser que se ha quedado. Subo a lo más verde de la lámpara tricolor y mi cabeza choca directa y estrepitosamente con la farola que me dará paso a aquel alféizar al que le había echado el ojo desde hace ya una cantidad negativa e irreal de segundos.

La ventana, a listones de la mejor madera de alcornoque y de la peor manera alineados y paralelizados, hace las veces de escalera desde la que salto para ver como vuelven a pasar, a una velocidad total e invertida, la farola, el semáforo, la papelera y la valla, y cómo, el grisáceo e irregular adoquín, hace las veces de almohada, pero sin ada.

Suave sábana colorada. Dulces sueños.



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