En una caja guardo una carpeta con un nombre, llena de promesas a medio cumplir, películas a medio ver y mentiras a medio camino entre la maldad y la enfermedad.
Abrazada con un clip al borde superior derecho se encuentra el alma que vendí y, al dorso, quedan los recuerdos pintados de vivos colores, de esos que se te quedan grabados en la córnea.
La caja, apaleada en innumerables ocasiones, se llena de morados que, al tocarla, se resienten con un profundo estremecimiento, ahora, en forma de suspiro.
Una mano maternal la acaricia y la invita a comer una pizza y un beso. Esperemos que no se haga falsas ilusiones.
Abrazada con un clip al borde superior derecho se encuentra el alma que vendí y, al dorso, quedan los recuerdos pintados de vivos colores, de esos que se te quedan grabados en la córnea.
La caja, apaleada en innumerables ocasiones, se llena de morados que, al tocarla, se resienten con un profundo estremecimiento, ahora, en forma de suspiro.
Una mano maternal la acaricia y la invita a comer una pizza y un beso. Esperemos que no se haga falsas ilusiones.
Una poderosa guitarra y la atronadora batería son parte de mi nuevo idioma.

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