11 de la mañana, me embuto en un jersey turco, salto por la ventana, me cuelgo de una liana y me poso suavemente sobre el tablero de ajedrez con el negro desteñido teñido de rojo usado. Camino, me siento, me levanto, camino de nuevo, paran la música y me vuelvo a sentar. Mi mirada esquiva el sol que se cuela por el volado de pasta, salta la montura de esas Ray Ban de carey, corre a coger la guagua, se para en seco, gira sobre sus talones y la ve. Sin más. Sólo la ve...
Bajamos del submarillo mis gafas, mis ojos, las imágenes grabadas en la retina y yo. El verde césped nos atrae. Un caballo sin nombre nos acompaña. Me reclino hacia atrás, seguido de mis boliches, melosos por el poder del astro supremo, y observo.
Hoy la cosa va de ojos, miradas del Norte y sonrisas pobladas por diminutos dientes que cualquier ratón podría robar con suma facilidad, de no ser porque han sido encofrados por algún colega de profesión. Seguro que por algún lado habrá grabado su número de miembro del Colegio Oficial de Ratones.
Bajamos del submarillo mis gafas, mis ojos, las imágenes grabadas en la retina y yo. El verde césped nos atrae. Un caballo sin nombre nos acompaña. Me reclino hacia atrás, seguido de mis boliches, melosos por el poder del astro supremo, y observo.
Hoy la cosa va de ojos, miradas del Norte y sonrisas pobladas por diminutos dientes que cualquier ratón podría robar con suma facilidad, de no ser porque han sido encofrados por algún colega de profesión. Seguro que por algún lado habrá grabado su número de miembro del Colegio Oficial de Ratones.

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