No sé porqué, pero, ultimamente, las rectas ya no me salen homónimas. Es como si, de repente y por una extraña razón, todos los astros se hubieran puesto en la formación tortuga romana de ataque, con Saturno a la cabeza y me estuvieran apuntando en el entrecejo con su anillo a modo de mirilla.
Aún no tengo claro si la razón es tan simple como el mecanismo de un sonajero o que, por el contrario, sea más complejo que el famoso secreto de las tortugas; ese secreto que le contaron a los delfines mientras se hundía la Atlántida y, con ella, todos los MacBook Pro con documentos de texto abiertos en pantalla y post-it idealistas en el escritorio.
Por otro lado, creo que debo destacar también la violencia que he venido presenciando en el Sol durante las últimas semanas. Es como si, por alguna extraña razón, un mono, una petaca de ron y 19 corazones de golosina, se hubieran aliado en una "novedosa" dinastía del mal para luego, sin más, pasar a sentirse malas personas y fichar por el otro bando; como si la lengua de ese mono fuera tremendamente curiosa o como si, ese mismo mono, hubiera pasado a llamarse Mr. Cold para sus alumnos de la asignatura de Urbanidad, de la cual no es profesor, pero cree ser hasta decano.
Es como beber olores traídos desde lo más profundo de un bolso marrón y desgastado en el cual han sido secuestrados los sueños de generaciones y generaciones de valientes guerreros que dieron sus vidas por salir de esa pequeña cárcel de tela, bolsillos y cremalleras para decir frases totalmente incoherentes y ridículas para su rango de caballero.
Quién sabe... Quizás algún día la princesa, al intentar saltar sobre el caballo, desde lo más alto de la más alta torre del castillo, calcule mal la caída, se rompa la columna contra una roca y se quede tetrapléjica y postrada en una cama sin poder mover ni la lengua. O quizás sea más lista que eso y baje por las escaleras para ir a recompensar al mayordomo por los esfuerzos realizados durante tanto tiempo...
...No. ¡Qué va! Imposible. No resultaría creible y, como siempre en los cuentos y las películas, la imagen es lo primero; aunque el que gane no sea el bueno, pues el caballero no es más que un grandísimo hijo de puta que nos hace parecer gilipollas a los siervos.
Aún no tengo claro si la razón es tan simple como el mecanismo de un sonajero o que, por el contrario, sea más complejo que el famoso secreto de las tortugas; ese secreto que le contaron a los delfines mientras se hundía la Atlántida y, con ella, todos los MacBook Pro con documentos de texto abiertos en pantalla y post-it idealistas en el escritorio.
Por otro lado, creo que debo destacar también la violencia que he venido presenciando en el Sol durante las últimas semanas. Es como si, por alguna extraña razón, un mono, una petaca de ron y 19 corazones de golosina, se hubieran aliado en una "novedosa" dinastía del mal para luego, sin más, pasar a sentirse malas personas y fichar por el otro bando; como si la lengua de ese mono fuera tremendamente curiosa o como si, ese mismo mono, hubiera pasado a llamarse Mr. Cold para sus alumnos de la asignatura de Urbanidad, de la cual no es profesor, pero cree ser hasta decano.
Es como beber olores traídos desde lo más profundo de un bolso marrón y desgastado en el cual han sido secuestrados los sueños de generaciones y generaciones de valientes guerreros que dieron sus vidas por salir de esa pequeña cárcel de tela, bolsillos y cremalleras para decir frases totalmente incoherentes y ridículas para su rango de caballero.
Quién sabe... Quizás algún día la princesa, al intentar saltar sobre el caballo, desde lo más alto de la más alta torre del castillo, calcule mal la caída, se rompa la columna contra una roca y se quede tetrapléjica y postrada en una cama sin poder mover ni la lengua. O quizás sea más lista que eso y baje por las escaleras para ir a recompensar al mayordomo por los esfuerzos realizados durante tanto tiempo...
...No. ¡Qué va! Imposible. No resultaría creible y, como siempre en los cuentos y las películas, la imagen es lo primero; aunque el que gane no sea el bueno, pues el caballero no es más que un grandísimo hijo de puta que nos hace parecer gilipollas a los siervos.

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