Vivía en las afueras de la ciudad más grande del país más pequeño; en la casa más pequeña del más grande pueblo. La habitación más ancha al final del pasillo más estrecho le hospedaba.
La planta en forma de cul de sac pensaba atraparle en una vorágine de eyaculaciones informáticas en forma de errores fatales, mientras que su cúbico pene enmudecía más y más a cada minuto que pasaba.
Estudiaba psicología y, ni siquiera, se quería. Decía y creía fielmente en sus convicciones...
"¿Para qué conocerse a sí mismo si se puede vivir un Gran Hermano intraorgánico que facilite las relaciones interpersonales?"
Quién sabe, quizás alguien lea esa frase, porque escucharla no podrá con ésta sordera difícilmente transitable, y se decida a luchar con espadas de goma-espuma contra Caronte, hasta birlarle el 80% de las monedas que llevan sus clientes sobre sus monóculos.
Pensaba que unos simples calcos sobre una foto de la Torre Eiffel, no eran suficientes para enmudecer la voz que comenta en su cabeza diariamente y trata de convencerle en sueños, utilizando a tu familia.
Bebía cerveza y comía nachos (mexican boy). Sólo le faltaba un tequila de postre y el limón para quitarse el olor a marisco con que los langostinos oreaban sus manos.
Su mamá, quizás, no lo quería como debiera. Mala suerte.
Lametazo de izquierda a derecha, prenso, enrollo, prendo y llamen a los bomberos, pero no a los policías, que estoy resfriado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario