Los proyectos de casetas unifamiliares en la azotea, terminaron siendo corregidos y sustituidos por viviendas unipersonales a base de cojines de pluma en el suelo. Acabó siendo el perfecto lugar para que, el poeta del cagadero, escribiera las inquietudes de su coco sentado junto a una improvisada chimenea que toma la forma de un par de peludos labios entreabiertos.
Con ropajes holgados para hacer lo más fácil posible la inhalación de almas a través de la mayor cantidad de poros que, la física, le permita, y abrigado por la tranquilidad de un lápiz y una libreta negra de piel de topo, pasa la tarde, esperando a poder dar por concluso un retrato del que "sólo" ha dado por acabados todos y cada uno de sus pelos, sin querer pensar en famosos bulevares, para poder dormir.

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